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Ya no basta con encajar en el papel

Leo en El capitalismo que viene que la globalización pone en juego la institución sindical haciendo que sus finalidades y objetivos alcanzables no queden nada claros. Añade Juan Urrutia que la épica sindical de lucha de clases está dando paso a una épica antiglobalista, su ética de solidaridad a otra ética «menos de clase y más de identidad» (nacional, de género u otras identidades imaginadas como la humanidad) y pienso lo bien que se ve todo esto en un reciente manifiesto para sumarse a la huelga general del 29 de septiembre de 2010.

El manifiesto, buen ejemplo de varias de las ideologías de la descomposición, es un texto tan decimonónico como lo es también el Estatuto de los trabajadores.

Entre los papeles residuales que en el nuevo escenario de producción les queda a los sindicatos, los del manifiesto asumen competencias más bien oenegistas. Del otro papel que menciona Juan Urrutia en su libro, el de velar por el buen funcionamiento del modo de producción preocupándose de la verdadera competencia y del buen gobierno de las empresas, no veo rastro. Pero seguiré buscando.

Ayer me apunté estas frases de Mundo espejo:

Este negocio nuestro se está haciendo más pequeño. Como muchos otros. Va a haber menos jugadores. Ya no basta simplemente con encajar en el papel y cultivar una actitud.

En lugar de encajar en el papel, toca la responsabilidad individual y en lugar del cultivo de una actitud, la interacción.

Nacionalismo económico vestido de política de innovación

«No puede haber innovación mientras las industrias europeas siguen tentadas de mover su producción al extranjero», dice el Ministro de Industria de Francia y añade que «la UE debe frenar la externalización si quiere seguir siendo competitiva». Con su discurso antiglobalista quiere asegurar que todos los productos fabricados en Francia lleven la etiqueta «Made in France», que sería, según él, clave en una política europea de innovación. Suena a otro de esos penaltis que Nat comentaba el otro día.

Fijando conceptos: globalización, capitalismo que viene, descomposición

A estas alturas del itinerario, qué bien viene el post de la Bitácora de las Indias sobre globalización y descomposición. Sienta bien recordar que la globalización es la integración de mercados en un escenario mundial y, de paso, acordarme de un buen maestro que ya intentó enseñarme lo mismo durante mi paso por la enseñanza superior.

Tener presente las tres libertades de movimiento (de personas, mercancías y capitales) necesarias para la globalización aporta una base de mirada firme. Llamarlas «libertades» deja claro que el mercado no es «malo» – salvo que se considere «mala» la libertad, claro – sino que el mercado nos hace libres.

Los movimientos antiglobalistas, altermundistas, decrecionistas y de comercio justo me resultaban confusas desde siempre con sus contradicciones paternalistas (proteccionismo junto a ayuda al desarrollo) y su afán de convertirse en los protectores de la «madre» naturaleza, ambas motivadas por un profundo miedo a ¿qué exactamente? ¿Quizá a… vivir? Me uno al comentarista de la Bitácora de las Indias que dijo que el consumismo (y la globalización, añadiría yo) «sólo es un problema para los que no tienen una pasión en la vida».

Fijar todos estos movimientos e ideologías como parte de la descomposición y ésta como la consecuencia de la resistencia ante el cambio me parece de lo más coherente. Lo comentamos con José uno de estos días: estos grupos, si pudieran, montarían otro estado con la misma estructura descentralizada acompañada de los monopolios y redes clientelares propios del capitalismo de amigotes. Aunque no sea parte del itinerario, el siguiente libro que querré prestar de la Biblioteca de las Indias es El capitalismo que viene.

Para terminar, me vino genial encontrarme con el concepto del tecnoimperialismo. Explica y nombra acertadamente a todos aquellos fenómenos de la globalización – partes también de la descomposición – ligados al mantenimiento del poder de las grandes empresas y los estados, como la regulación internacional de la propiedad intelectual y las patentes, frente a la globalización de los pequeños.

13 mil años de globalización… y los que quedan

En su libro Armas, gérmenes y acero: breve historia de la humanidad en los últimos trece mil años, Jared Diamond argumenta que el hecho de que las civilizaciones euroasiáticas, en general, han sobrevivido y conquistado otras no se debe a la superioridad de los miembros de estas civilizaciones sino, entre otras cosas, a la relativa facilidad que tuvieron para difundir los inventos.

Según Diamond, la mayor parte de Eurasia se sitúa en el eje este-oeste donde existen pocas barreras geográficas (como montañas o desiertos), lo que permitió una rápida expansión de la agricultura. En continentes que se sitúan en un eje norte-sur, las barreras geográficas impidieron la difusión de inventos, de modo que, aunque en el valle del Mississipi la agricultura se inventara al mismo tiempo que en el Creciente Fértil, este invento no se difundió para expandirse y, a través de mutuas retroalimentaciones, aportar más poder a las civilizaciones de América.

Una vez un compañero del master me advirtió que enlazar un ejemplo del pasado remoto para facilitar la comprensión del impacto de las TIC en la sociedad actual era complicado y que ya era un encaje de bolillos enlazarlo con la época inmediatamente anterior a la era industrial. A mí, sin embargo, me parece útil recordar ese hallazgo de Diamond, ya sea para pensar sobre las tecnologías de comunicación, la propiedad intelectual o la globalización. Además, hace 13 mil años no parece un pasado tan remoto si pensamos que el 99% de la historia del ser humano ocurrió en los 2,5 millones de años anteriores a estos 13 mil.

Mi lectura de Diamond es que el proceso en el cual personas, que viven en comunidades geográficamente separadas y esparcidas por el globo llamado Tierra, interactúan entre ellas, es antiguo, favorece la innovación y otorga importantes ventajas competitivas a las comunidades. Por qué no llamarlo globalización desde la primera vez que ocurrió.

No es que no sean útiles las categorías de Thomas Friedman en su libro La Tierra es plana: la globalización protagonizada por imperios (de 1492 hasta 1800), la protagonizada por corporaciones y estados (de 1800 hasta 2000) y, finalmente, la globalización cuyos protagonistas son las personas (a partir de 2000). Pero obvia que hubo globalización antes de Colón (por no hablar de su ceguera ante la globalización más allá del anglomundo pese a su empeño universalista de explicar la Tierra entera que, según él, ahora sería plana).

Hay, sin embargo, un pasaje en el primer capítulo de La Tierra es plana que me encanta. Es cuando Friedman cita a David Rothkopf:

¿Qué ocurre si la entidad de política en la que te encuentras ya no tiene nada que ver con unos empleos que se desempeñan en el ciberespacio, o deja de representar a unos trabajadores que en realidad están colaborando con otros trabajadores ubicados en diversos puntos del planeta, o deja de equipararse con una producción debido a que éste tiene lugar en varios sitios a la vez? ¿Quién regula el trabajo? ¿Quién lo grava? ¿Quién tendría que beneficiarse de los impuestos?

Ay, todo preguntas pero ¡qué sugerentes! Qué desafío la globalización protagonizada por las personas y las comunidades reales cuando, como lo demuestra Saskia Sassen, las corporaciones, unidos íntimamente a los estados, llevan tanta ventaja.

Genial la analogía de Manuel entre la globalización de los estados-corporaciones centrada en territorios, con una topología descentralizada y el empeño de estos mismos actores en imponer esa misma topología a Internet frente a la globalización de los grupos pequeños que necesita de una topología distribuida tanto en la globalización como en Internet.

De los movimientos anti- y alterglobalización hablaré en el siguiente post.

Las empresas ‘ofrecen’ y las personas ‘demandan’ empleo en un mundo patas arriba

Los economistas hablan últimamente de oferta y demanda de competencias (skills supply and demand) y cuando lo hacen, entienden que la oferta viene por parte de quienes ofrecen trabajo, es decir, los trabajadores y la demanda por parte de quienes demandan trabajo para llevar a cabo proyectos, es decir las empresas. Los trabajadores ofrecen y las empresas demandan.

Sin embargo, cuando miramos el mercado laboral desde el punto de vista de los trabajadores, y especialmente de los desempleados, la oferta la hacen las empresas y los que demandan son los trabajadores. Y demasiadas veces se nos escapa que ya no hablamos de trabajo y competencias sino de empleo.

Para una mayor precisión acerca de los significados de trabajo y empleo, uno puede recurrir a Chris Benner. Según este geógrafo urbano y de la economía, profesor de la Universidad de Pennsylvania, trabajo hace referencia a las actividades que realizan las personas mientras participan en el proceso productivo. Incluye las aptitudes físicas y los procesos cognitivos implicados, las herramientas y la tecnología utilizada y las relaciones que establecen con otras personas – clientes, compañeros de trabajo, colegas de otras compañías, proveedores y demás – mientras trabajan. Empleo, en cambio, se refiere a las relaciones entre trabajador y empleador, a los procesos utilizados por los segundos para dirigir, motivar y supervisar a los primeros y a la compensación recibida.

Creo que trabajo y empleo con demasiada frecuencia se utilizan indistintamente en el discurso público. Una de las consecuencias de esta (con)fusión de los significados es, en palabras de David, una relación con las empresas donde no emprendemos nada, donde esperamos que nos saquen a bailar y nos ponemos guapos para llamar la atención con el cuaderno de bailes en la mano. Porque somos ‘demandantes’ de empleo.

Por el lado de las empresas, aunque nos ciñamos a que demandan trabajo y no les veamos como ofertadores de empleo, como bien apuntó Enrique, compañero del master, en la economía clásica las simplificaciones llevan a que lo que se demanda sean horas y se pague dinero y que no entren las competencias ni las relaciones que se establecen en el proceso productivo.

Lo que tenemos, por tanto, son personas reducidas a horas y empresas reducidas a pagadores. Pero todos sabemos que el trabajo es mucho más que esto.

Una solución innovadora y esperanzadora es el trabajador como pluriespecialista que no busca un contrato sino un proyecto donde aportar y aprender y la empresa como comunidad con un proyecto vital compartido que se expresa a través de su acción, incluida aquella que tiene lugar en el mercado. Un modelo integrador de todos los elementos del trabajo antes mencionados: aptitudes, procesos cognitivos, tecnología y relaciones interpersonales y les añade la dimensión de aprendizaje continuo.

Conozco más ejemplos, pequeños y parciales eso sí… hay proyectos europeos dentro de centros de formación que comienzan como minúsculos emprendizajes de profesores, a veces sólo de uno, para luego crecer y convertirse en espacios transnacionales de aprendizaje, producción y, quién sabe, de pequeños mercados en los que tanto las personas como las empresas busquen aportar y aprender.